DEL CIELO DE LA ANTIGÜEDAD AL UNIVERSO DEL FUTURO. (III)

      

PARTE: (3/6)

      Muy por encima de nosotros, se extiende un destellante panorama inmenso y misterioso cuyos secretos lleva intentando descubrir a toda costa a lo largo de su historia la humanidad. ¿Por qué se mueve el firmamento? ¿Cuál es nuestro sitio entre los planetas y las estrellas?
Buscando respuestas a estas preguntas, nos embarcamos en un viaje de descubrimiento durante 2000 años, que va a redefinir nuestro planeta y a sustituir las antiguas leyendas, por un nuevo modo de pensar. Inventamos aparatos asombrosos para levantar mapas del cielo y unos pocos lo arriesgaron todo para descubrir nuestro verdadero lugar en el universo.
Desde el principio de los tiempos hemos inventado historias para explicar el origen del universo y cómo funciona. Hemos aprendido a observar los cielos y a marcar el paso del tiempo. En definitiva, a mirar hacia el futuro. Pero cuando las diferentes culturas comenzaron a poner sus ideas y observaciones en común, empezamos a desentrañar la verdad de nuestras suposiciones sobre la naturaleza del Cosmos.

Durante milenios se pensó en todo el mundo que la Tierra era plana y estaba confinada en un universo de forma y tamaño limitados. Pero que la Tierra fuera plana no significaba que fuera infinita. Dado que el cielo tenía forma de cúpula, el límite del mundo debía estar donde la tierra y el cielo se juntaban. El valiente que intentaba alcanzar ese límite, se adentraba en lo desconocido.
En la poesía épica de la antigua Grecia, el héroe Odiseo debe aventurarse hasta los mismos confines del mundo para alcanzar la tierra de los muertos y cuanto más se acerca, más peligros terroríficos y monstruos letales se encuentra a su paso.

Nos adentramos en el estrecho con gran temor sabiendo que a un lado estaba Estela y al otro el remolino Carentes, vimos cómo el agua giraba y giraba sin cesar, haciendo un ruido atronador al romper en las rocas, los hombres temblaban, entonces Estela se abalanzó sobre nosotros y atrapó a mis seis mejores hombres…”


Mientras se estaba escribiendo esta historia, ya existían indicios para quien observaba que el mundo podía no ser plano después de todo y vimos algunas pistas en el cielo. En un eclipse lunar, la Tierra se interpone entre la Luna y el Sol de manera que bloquea parte de la luz que ilumina la Luna y su curvatura puede verse en la sombra que proyecta. También observamos indicios mucho más cerca. Cuando miras el horizonte desde la costa, si ves zarpar un barco y no lo pierdes de vista, de repente ves desaparecer primero el casco en el horizonte y después del mástil.
En los inicios de la cultura griega clásica hacia el año 600 o 500 A.C., está el origen de lo que hoy conocemos como ciencia y filosofía griegas. Es aquí, cuando los griegos empiezan a abandonar a sus dioses y diosas para centrarse en el mundo material. No sabemos si hubo algo que pudiera llamarse un momento “eureka”, pero en el siglo V a.C. esta erupción masiva de ciencia y filosofía, en Grecia, dio lugar a una redefinición tan drástica de nuestro planeta que incluso hoy algunos tienen dificultades para aceptarla.
Nuestra “tierra plana” se independizó de los cielos que la contenían para transformarse en una esfera geométrica perfecta. Nuestras ideas sobre el universo seguirían evolucionando, pero ya era incuestionable que la tierra es redonda.
  A lo largo de los siglos siguientes, las conquistas, el comercio y la expansión del imperio romano conectaron países tan distantes como India e Italia. En Alejandría un erudito, llamado Claudio Ptolomeo, se propuso hacer el mapa de este nuevo mundo. Por desgracia no tenía gran cosa para empezar a trabajar ya que la cartografía era bastante rudimentaria en la antigüedad y relativamente local. Había montones de mapas regionales y se han conservado muy pocos.
Ptolomeo encontró la manera de proyectar y desplegar nuestra Tierra esférica en un mapamundi plano. Sus métodos y datos eran tan acertados que se utilizaron durante más de un milenio. El propio Cristóbal Colón planeó sus viajes a las américas basándose en el trabajo de Ptolomeo. Pero el gran logro iba a dejar muy pequeña su hazaña de cartografiar la Tierra. Un proyecto épico, cartografiar un firmamento inmenso y en constante movimiento usando el calculo y la geometría. El punto de partida de ese nuevo mapa sería una de las nociones fundamentales de la astronomía antigua.
Cada año enviamos cientos de satélites al espacio, que orbitan la Tierra a velocidades de hasta casi 28000 kilómetros por hora. Sin ellos la vida moderna se pararía por completo. Esta tecnología de la era espacial en realidad se basa en una idea ancestral. Los satélites se comportan como si el planeta alrededor del cual orbitan fuera el centro del universo. No es un concepto tan disparatado como suena, es decir, lo que experimentamos, no es la tierra moviéndose, sino el Sol moviéndose a nuestro alrededor. Así es el mundo en el que vivimos, estés donde estés, el cielo y todo lo que hay en él, parece moverse a nuestro alrededor.
Para Ptolomeo no era sólo una cuestión de perspectiva sino un hecho constatado, un universo con la Tierra en el centro, un pilar fundamental del modelo que iba a definir nuestra noción de los cielos durante los 1500 años siguientes. Ptolomeo combinó las ideas de astrónomos anteriores con sus propias observaciones para construir su modelo del Cosmos y para ello se basaba en la ciencia, no en fuerzas sobrenaturales que lo hacían funcionar. Él intentó crear un sistema completo para explicar todos los fenómenos del universo, pero basándose en motivos naturales, sin necesidad de intervenciones divinas, sólo procesos naturales. Partiendo de la Tierra, él pensaba que el cielo a nuestro alrededor también era esférico, lo cual era otra idea ancestral que aún utilizamos.


        Ptolomeo estaba convencido de que la esfera era real y que estaba hecha de una misteriosa sustancia cristalina que no se hallaba en la Tierra. El modelo de Ptolomeo no funcionaba con una sola esfera. Cada cuerpo celeste debía de tener una esfera propia. Ptolomeo combinó siglos de astronomía con matemáticas para demostrar que el movimiento en el firmamento era perfecto, situando al Sol, la Luna y los planetas en órbitas circulares alrededor de la Tierra y asignando un lugar a cada objeto que podíamos ver.

Este modelo funcionaba tan bien que los astrónomos se aferraron a él durante 1500 años, pero su Cosmos no se quedó en el papel. Se construyeron modelos físicos basados en sus ideas para enseñar astronomía y estudiar el firmamento.
El modelo científico de Ptolomeo reemplazó a los dioses que antaño controlaban los cielos por matemáticas puras y duras, sin embargo, como casi todo el mundo en el imperio romano, Ptolomeo creía en la idea de que los movimientos de los planetas y las estrellas tenían efectos reales en nuestras vidas. Ptolomeo lo consideraba ciencia y llegó a dedicar un libro entero a la teoría y práctica de la astrología, afirmando que la única razón de que necesitemos calcular las posiciones de estrellas y planetas es conocer sus efectos sobre nuestras vidas.
El vasto imperio romano que se extendía desde el norte de Gran Bretaña hasta Irak y abarcaba todo el Mediterráneo. Trescientos años después de la muerte de Ptolomeo, después de ostentar durante siglos la condición de superpotencia, Roma estaba a punto de hundirse. El imperio romano ya no mandaba en el mundo como antes. La caída de Roma hizo que Europa Occidental se sumiera en el caos. El gobierno se desintegró, las economías quebraron y el analfabetismo se retrajo. Había llegado a la edad oscura o edad media, pero aunque las luces se hubieran apagado en Europa, otras civilizaciones seguían portando la antorcha del progreso.
En la próxima entrega, descubriremos el resurgir de la civilización occidental y una nueva forma de pensar…

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